26 de abril de 2020

Homilía del domingo 26 de abril #YoRezoEnCasa


En el Evangelio de hoy se nos narra la experiencia de encuentro con Jesús Resucitado de dos discípulos; estos han sabido por el testimonio de otros cristianos que Jesús ha resucitado, lo sabían porque lo había anunciado la Escritura, lo sabían porque el mismo Jesús se lo dijo, y aún así, no terminaban de asumirlo, no llegaban a abarcar la verdadera naturaleza de la experiencia trascendental que estaban viviendo, quizás por valorar sólo la humanidad de Jesús, o por una excesiva racionalización, lo cierto es que ni siquiera cuando Jesús mismo les sale a su encuentro son capaces de reconocerlo. Necesitan una experiencia radical para descubrir la verdadera esencia de Cristo, su naturaleza divina entregada por nosotros, descubrir en Jesús al Cordero Inmolado. Y esa experiencia llega en la fracción del Pan.
Hoy nosotros compartimos este mismo camino de aquellos discípulos. En nuestro particular Camino de Emaús, el Señor nos sale al encuentro para explicarnos las Escrituras y partir con nosotros el pan. Hoy vivimos, un domingo más, nuestro encuentro con Jesús Resucitado, pero la mayoría de los Cristianos os veis obligados a vivirlo en la distancia, debido a esta crisis sanitaria que nos obliga a estas normas extraordinarias; os veis privados de poder reuniros con los demás cristianos en la Misa, de celebrar la Eucaristía en la parroquia, casa de todos, de acercaros a recibir la Sagrada Comunión que, algunos, iban a recibirla por primera vez y han visto alejarse el ansiado día del encuentro con Jesús Sacramentado.
Esta Pandemia nos ha quitado muchas cosas significativas, pero también nos ha ayudado a poner en valor lo verdaderamente importante. Esta experiencia de renuncia a los sacramentos nos hace ver, casi descubrir, la importancia de la Eucaristía en mi vida. Nos hace poner en valor el privilegio de Comulgar. Ahora nos damos cuenta que, quizá por lo fácil que lo teníamos, no dábamos a la Misa el valor que la Misa tiene; cuantas veces nos hemos amparado en mil excusas para no celebrar el precepto dominical, y ahora daríamos lo que no tenemos por poder estar en misa y poder comulgar. Como los discípulos de Emaús nos hemos dado cuenta del valor trascendental de la Comunión, de cómo nos falta y necesitamos lo que antes, quizás trivializábamos; hemos experimentado esta ausencia y por eso sabemos ahora lo que nos aportaba, que los cristianos vivimos de la Eucaristía, que necesitamos la Fracción del Pan para podes seguir reconociendo a Cristo que camina a nuestro lado.
Quiera Dios que pronto podamos volver a reunirnos todos para Celebrar nuestra Salvación por la Entrega de Cristo, que podamos recibir al Señor, vivo y presente en el Santísimo Sacramento del Altar, el Pan del que nos alimentamos para la vida, la presente y la eterna, sustento de la existencia cristiana.

19 de abril de 2020

Reflexión de Domingo 19 de abril Domingo de la Divina Misericordia


Hoy, segundo domingo de Pascua, es el domingo de la Divina Misericordia.
Hoy es el día en el que reconocemos todo lo que Dios hizo y hace por nosotros, el día en que celebramos el inmenso amor que Dios nos tiene y como ese Amor se plasma en hechos concretos a los que sabemos darle nombre. Hoy es el día en el que, mirando con ojos de fe la realidad que nos circunda vemos la mano de Dios providente que nunca se olvida de su Pueblo.
Incluso en momentos de dificultad, como nos dice S Pedro en su primera carta, os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego. Porque en los momentos duros es cuando descubrir el Amor de Dios es más necesario y requiere de más fe. Qué fácil creer en tiempos de bonanza y qué fuerte se hace la Fe cuando arrecia la tempestad. Es la Fe que recibimos de nuestros mayores la que alienta y sostiene nuestra vida, es la Fe transmitida por los que nos precedieron la que nos hace vivir este domingo desde la Esperanza y la Alegría de la Pascua.
¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto, le dice el Señor a Tomás en el Evangelio, sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él | y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, nos repetirá Pedro en su carta.
Y nuestra Fe, como la de los Apóstoles, tendrá momentos bajos y nos apoyaremos en Cristo para superarlos, y, como Pedro, quizás lo neguemos en unas ocasiones, y mil veces le declaremos nuestro amor en otras, pero siempre sabremos que esa Fe que nos trasmitieron no nos la guardamos para nosotros, porque nosotros tenemos la Buena Noticia que el mundo necesita, porque como nos la transmitieron así la transmitimos nosotros.
 Ahora nos toca a nosotros ser capaces de anunciar el Evangelio Vivo del Señor, la Buena Nueva que nuestro prójimo necesita en estos días de pesimismo, ser la luz que brilla como un faro sobre la torre de la Iglesia, la luz que en la Parroquia se comparte y se hace fuerte, que disipe las oscuridades de este mundo desesperanzado y, como el evangelista, dar razones de nuestra Fe, Motivos para la Esperanza y cauces del Amor de Dios, y proclamar el Evangelio a los que sufren para que el mundo crea que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tenga vida en su nombre.

16 de abril de 2020

Reflexión del jueves 16 de abril #Pascua #YoRezoEnCasa


¿Por qué surgen dudas en vuestro interior?
Tras la experiencia de la Pasión los Apóstoles necesitan un signo, una esperanza a la que agarrarse tras el aparente fracaso del Maestro. Pensaban que Jesús era el Mesías que les iba a librar del poder romano para imponer su poder en un resurgimiento del reinado, y lo vieron sucumbir frente a ese poder usurpador; pensaban que vendría a purificar el culto en el Templo, y los profanadores del templo consiguieron matar a Jesús; apenas unos días antes les habría prometido que estaría con ellos hasta el fin, y en unas horas supieron que estaba muerto y enterrado.
Ni siquiera el saber que el sepulcro estaba vacío, ni siquiera la experiencia de las mujeres que habían visto al Resucitado ni la de los discípulos que se lo encontraron en el camino de Emaús eran suficientes. Tenían que tener su propia experiencia de encuentro con el Señor, Vivo y Glorioso, para poder convencerse, para poder creer que Jesús, aquel con el que habían convivido era el Mesías, el Ungido, el Cristo, que los iba a librar de los mayores enemigos de la humanidad, el pecado y la muerte, que trae con Él un Reino que no se impone, sino que seduce y convence; necesitaban un encuentro en primera persona para descubrir que el nuevo Templo era el mismo Jesús, que con Él todo se hace nuevo, que, partir de ahora el Culto iba a ser por Cristo, con Cristo y en Cristo. Necesitaron descubrir al Señor en el primer día de la semana para comprender que esa promesa de permanencia no era una promesa vacía, no solo una sensación de estar cerca de Él, sino que en la fracción del pan iba a hacerse real, verdaderamente presente en cada comunidad cristiana para siempre.
Hoy nosotros necesitamos esa experiencia de encuentro personal con Jesús, el Verbo Encarnado en el vientre de una mujer, el que se entregó por nosotros en la Cruz para saldar la deuda del hombre, el Resucitado que rompe las cadenas, el Pan Vivo bajado del Cielo. Necesitamos experiencias fuertes de Dios para poder ser apóstoles en nuestro mundo, para que la Luz de Pascua alumbre cada rincón de nuestra sociedad abatida, para ser y anunciar la Buena noticia que el mundo anhela.

13 de abril de 2020

Reflexión de Lunes 13 de abril. Lunes de Pascua




Feliz Pascua a todos, queridos feligreses.

Cuando Jesús Resucitado sale al encuentro de las mujeres en el domingo de Pascua les dice: Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea. Allí me verán.

Hoy la Palabra se dirige a nosotros y nos repite: decidle al mundo entero, mis cristianos de Valencina de la Concepción, anunciadles que Cristo ha Resucitado y si quieren encontrarse con Él, si quieren verlo, decidles que vayan a su particular Galilea, que lo busquen en lo cotidiano de la vida, que lo descubran vivo y presente a su alrededor.

Y lo verán en el esfuerzo denodado de los sanitarios que arriesgan su seguridad por salvar la vida de alguien a quien quizás nunca conocieron, lo verán en todos los que han seguido exponiéndose a los contagios para poder realizar los servicios indispensables para nuestra subsistencia, lo verán en las fuerzas de seguridad que, por encima de su obligación, hacen todo lo posible por hacernos estos días más fáciles, lo veréis en el ejemplo de los niños encerrados, en la soledad del anciano que teme más contagiar a sus familiares que en su propia salud, lo descubriréis en los rostros de aquellos que aportan lo que saben y lo que tienen para la felicidad de los demás, en las religiosas que han cambiado la fabricación de dulces por el taller de mascarillas, en los estudiantes que se han convertido en fabricantes de pantallas, en la generosidad del casero que perdona el alquiler al inquilino en paro, en los voluntarios que siguen manteniendo estructuras como nuestra cáritas indispensables para poder seguir luchando por la dignidad de muchos últimos, en las palabras de ánimo y las oraciones vertidas en redes sociales, en el que pone lo que sabe al servicio del prójimo, en el confinamiento de una sociedad que ha optado por el encierro pensando en el bien común.

Buscadlo y lo encontrareis en el sacerdote que renuncia a un respirador para que pueda salvarse un padre de familia, en el matrimonio anciano que piden poder morir cogidos de la mano, en las lágrimas de dolor de una enfermera, en el llanto desconsolado de un médico, en el militar insultado y contagiado por defender a la sociedad, ene tantos y tantos ejemplos de entrega total que esta pandemia nos ha dejado.

Buscadlo y descubriréis el rostro del resucitado en el de tantas personas anónimas que en todo momento entregan su vida por el prójimo.

12 de abril de 2020

Homilía de Domingo de Resurrección 2020


Domingo de Resurrección, día grande en todo el Orbe Cristiano, día grande en Valencina.
Hoy es el día en el que la Fe recorre Valencina para decirnos a todos: despertad de la noche que ha llegado la Aurora.
Hoy es el día en el que el Señor ha Resucitado y sale en su presencia Real y Sustancial para bendecir a nuestro pueblo. Hoy sale Jesús Sacramentado a la plaza para decirle a Valencina que la Cruz siempre termina en Resurrección, que su Muerte destruyó la nuestra, que su sacrificio venció al pecado, porque Él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. 
Hoy es el día en el que la Estrella recorre las calles de Valencina de la Concepción para anunciar que el que llevó en su vientre ha resucitado y todos los cristianos de Valencina la acompañamos, porque junto a María es palpable la alegría de la Pascua.
Y habrá quien diga que el cura se ha vuelto loco, que este año no ha salido la Custodia ni ha salido la Estrella, que este año la Fe no pasea por Valencina.
¿Que este año no recorre la Fe nuestro Pueblo? ¿que el Resucitado no nos bendice? ¿quién ha dicho que la Estrella no sale a nuestras calles? ¡si no sabe hacer otra cosa que estar siempre velando y protegiendo al pueblo del que es su patrona!
Y este año también, aunque no lo veamos con los ojos, lo sabemos por la Fe. Hoy nosotros tendremos que llevar como cada año a nuestra Patrona a cada rincón de Valencina. Porque nuestras gentes necesitan esa Estrella que nos ayuda a encontrar al norte, que traiga consuelo y esperanza, gozo y alegría. Abrid de par en par las puertas de vuestro corazón, que va a pasar la Virgen, recibidla en vuestra casa, que ella nos ha ayudado a arreglarla para que sea un sitio digno de Dios, poneos vuestras mejores galas, sacad de lo hondo lo mejor de vosotros mismos, porque es la Pascua del Señor, es domingo de resurrección y la Estrella, rodeada de toda su parroquia, ha salido a traer luz a este mundo y recordarles a todos, a los que la aman y a los que no, a los que le abren la puerta y a los que no, a proclamar al mundo entero que las tinieblas ha desaparecido, que la noche ha pasado, porque ya ha llegado esa Aurora anhelada, que el Sol ha salido y nos trae la Vida con su Resurrección.

10 de abril de 2020

Homilía del Viernes Santo. Valencina de la Concepción #YoRezoEnCasa

Viernes Santo. El día del gran luto. Dios ha muerto.
La soberbia humana, esa que lo hacía creerse inmune a cualquier pandemia, esa que la hacía distinguir entre enfermedades de ricos y de pobres, esa que creía que el ser humano no necesitaba de ninguna trascendencia porque el poder no podía estar en manos de otro Dios que no fuera el mismo hombre. Esa soberbia que le llevó al hombre a construir un mundo de espaldas a Dios, que sigue queriendo expulsarlo de todo ámbito público, que consiente las burlas y mofas hacia lo sagrado que están vetadas hacia cualquier otro colectivo, esa sociedad de lo políticamente correcto y que olvida esa corrección cuando se trata de la Iglesia. Esa soberbia hoy sigue queriendo exterminar a Dios sembrando la sospecha y la duda. Y en medio de tanta muerte y tanto dolor nos miran y, desafiantes nos dicen: donde está tu Dios, por qué no viene a salvarte. Son los herederos del Sanedrín y la Cohorte mercenaria. 
Y nosotros sabremos decirle que no estaba en las alturas, que Dios estaba compartiendo la pasión de los hombres, haciendo suyo el dolor del enfermo, sufriendo la angustia de su familia, penando la desesperación de los sanitarios, agonizando con los moribundos; que está de nuevo entregándose, inmolándose, dando de nuevo su vida para salvar al hombre. Que está otra vez muriendo por la humanidad, por los que intentamos ser sus discípulos, dignos de su Amor y también por los Sanedritas y Mercenarios que siguen queriendo matar a Dios.

9 de abril de 2020

Homilía del Jueves Santo


Comenzamos hoy a celebrar el Triduo Pascual, el Misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, el eje fundamental de nuestra Fe y que refleja lo que creemos, lo que somos y cómo vivimos. Este año, de forma especial, distinta, extraña. Un Triduo Pascual vivido en el confinamiento de nuestros hogares, lejos físicamente unos de otros, pero unidos firmemente en Jesús.
Porque en este Jueves Santo, día del Amor Fraterno, día de la Institución de la Eucaristía, día de la institución del sacerdocio ministerial, es el Amor de Cristo el que nos une a todos. Es la cercanía de Dios la que nos hace sentirnos cercanos al resto de nuestra Comunidad Parroquial.
El Amor de Dios que se hace palpable en ese hermoso signo del que hoy nos vemos obligados a prescindir, el signo del Lavatorio. Siendo Dios el primero, se reservó para sí la función más ínfima entre los esclavos, el trabajo que realizaban los últimos entre los últimos: Siendo nuestro Rey y Señor, optó por ser nuestro Servidor, siendo el único digno de Honor y Gloria, toma en su rotunda libertad la condición de esclavo.
El Amor de Dios es un Amor Eucarístico, del Pastor que se hace Cordero para ser Sacrificio Redentor y Alimento de Salvación, es un Amor que quiere hacerse realidad sensible y por eso instituyó el Sacramento del Orden, para hacerse Sacramentalmente visible y pastorear a su rebaño a través de los que Él elige para este ministerio, no por nuestros méritos, sino para que, en la debilidad del Hombre se revele el poder y la Fuerza de Dios. Amor que se hace palpable en el amor fraterno que el cristiano ha de llevar como sustancial a su naturaleza, mandato supremo del señor.
Hoy nos faltará el signo del Lavatorio y la adoración ante el Monumento, pero no la realidad superior a la que referencian.
Hoy os veis privados de la Comunión Eucarística, pero la Comunión Espiritual nos ayuda asentirnos plenamente en las manos de Dios.
Hoy sois vosotros, somos todos, el monumento que alberga a Cristo. Hoy lo vemos presente en el amor desprendido de todos los hombres de buena voluntad que ponen su vida y la salud de los suyos luchando por nuestra sociedad, en el esfuerzo de permanecer responsablemente confinados para aportar nuestro grano de arena a la solución de esta emergencia sanitaria, en el denodado esfuerzo de los que buscan la solución definitiva a la Pandemia y a sus consecuencias. Hoy expresamos nuestro Amor uniéndonos en la Oración. Y en tantos gestos solidarios que estamos presenciando.
Pero en un día como hoy no podemos olvidarnos de las grandes víctimas de esta pandemia y de las consecuencias económicas que sin duda vendrán. Ellos son también signo de la presencia de Dios entre nosotros y en ellos también adoramos a Cristo. Y si nos olvidáramos de ellos, si nos desentendiéramos de los más necesitados y los sufrientes nos estaríamos olvidando de Dios e ignorando el gran mandato eucarístico: sed cuerpo entregado, sed sangre redamada, haced esto en conmemoración mía.

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